Afortunadamente, cada vez es más común que las personas que atraviesan un periodo de malestar significativo acaben pidiendo ayuda para superar las dificultades cotidianas y solucionar los problemas que más les afectan. Al haber diversos enfoques psicoterapéuticos, la elección del psicoanálisis puede despertar algunos prejuicios si no se tienen referencias cercanas.

Se suele pensar que el psicoanálisis es una terapia interminable, que es más caro que otras psicoterapias o que únicamente se puede aplicar usando un diván. Sin embargo, la experiencia y trabajo psicoanalítico se renueva sesión a sesión atendiendo a la particularidad de cada persona y su contexto para acordar la duración del proceso, el tipo de intervención, y el coste de cada sesión. 

Desde que Freud hablara de la hipótesis del inconsciente y de que posteriormente Lacan resaltara la importancia de las palabras, o dicho con sus palabras “el inconsciente está estructurado como un lenguaje”, las y los psicoanalistas han podido avanzar con su práctica clínica para que cada paciente pudiera encontrar la causa de lo que produce su malestar singular.

El psicoanálisis está orientado hacia lo real,  algo inasimilable en palabras, por fuera del sentido y que es consecuencia de las marcas singulares que cada persona ha tenido en su historia. Estas marcas son únicas, y por eso la escucha psicoanalítica no intenta que el paciente las deje de lado y “funcione” según los ideales de la sociedad. El analista no posee un saber previo sobre cómo el paciente va a poder encontrar un alivio a su sufrimiento, pero está advertido por su análisis y por su formación que de lo que se trata en último término es de lo singular del sujeto, y que toda desviación de eso entraría en el campo de una posible sugestión.

Es por eso que no se trata de una experiencia de aprendizaje de un gurú, maestro, de una psicoeducación, o del sentido común, ese que quiere que “las cosas anden al paso de todo el mundo”, dejando de lado “lo que anda mal, lo que se pone en cruz ante la carretera, más aún, lo que no deja nunca de repetirse para estorbar ese andar”, es decir, el síntoma en su vertiente singular.

La experiencia analítica es del orden de la emancipación, tomando como presupuesto de partida lo real del ser hablante, eso inasimilable desde donde la persona construye sus soluciones sintomáticas, que en ocasiones le pueden hacer sufrir de más. Es en ese sufrir de más donde se autoriza la experiencia analítica para ofrecer la oportunidad de tratar las causas de ese sufrimiento, siguiendo su recorrido y de este modo pudiendo el sujeto descubrir lo implicado que estaba en ese “de más”, en esa repetición sintomática, en ese tropezar reiterado; abriendo entonces el camino a la invención propia de un nuevo acuerdo con esas marcas, el deseo que precipitan y el síntoma. Un vivir más digno y satisfactorio.